Manifiesto 2014

Desde Equo creemos que para conseguir el bienestar de los animales y el fin del maltrato animal es necesario romper con tradiciones y espectáculos que nos alejan de nuestra condición más humana: el reconocimiento, solidaridad y empatía con los otros.

Desde la ecología política y con miras a una sociedad más justa, equitativa y democrática donde se incluyan los Derechos de los Animales de la misma forma que los Derechos Humanos, reconociendo a éstos como seres que sufren, que sienten, que viven, y gozan de bienestar, consideramos inadmisibles los hechos que acontecen cada año en Tordesillas: la ejecución por lanceros de un toro, que este año responde al triste e irónico nombre de El Elegido.

Desenraizar, dejar de normalizar tradiciones crueles con los animales por mera diversión, y acabar con la visión de los mismos -amparada en lo tradicional y en lo económico- como objetos dignos de ser manipulados y minusvalorados ha de ser tarea de todos.

Por ello, a través de este manifiesto, queremos sumar nuestra voz como punto de partida para una mayoría social y política en contra del maltrato animal y el Toro de la Vega; por un presente y futuro más justo, solidario y respetuoso con cada ser vivo que comparte con nosotros una misma casa, una misma Tierra.”

Bonito_1993_Toro_de_la_Vega

MANIFIESTO  Por Julio Ortega Fraile

Estamos en 2014, ¿no es así? Y esto es España, ¿verdad?

Siglo XXI y una nación que se dice del primer mundo, que se jura democrática y que se declara puntera en educación, ética y ley. Un país que se pavonea de ser baluarte moral y legal del respeto a la vida y a la libertad.

¿Puede alguien imaginarse, bajo esas condiciones, a unos políticos tratando de convencer a los ciudadanos de que no prendan fuego a los bosques, que no arrojen vertidos contaminantes a los océanos o que no cuelguen a los galgos de las ramas de los árboles o de las torres eléctricas?

¿Puede alguien concebir, en ese mismo tiempo y lugar, que el pueblo se lance a las calles para pedirle a sus dirigentes la prohibición de pegar a los niños, la de abandonar a los ancianos, la de linchar a los indigentes o la de quemar gatos negros en las plazas?

¿Pero que chaladura – os preguntaréis-, puede ser la que lleve a figurarse que tales atrocidades fuesen tan lícitas como comprar un coche o pasear por un parque?

Decid, entonces, ¿puede ser verdad que hoy y aquí, sí, aquí, porque también para la brutalidad somos aldea global, sea legal torturar a un toro alanceándolo hasta que se muera y hacerlo como capítulo, el principal, de un programa de festejos populares? ¿Hacerlo como diversión de unos cuantos seres…. unos cuantos individuos… ¿cómo llamar, conservando la corrección política, a quienes son conductualmente feroces?: ¿embrutecidos? ¿Hacerlo para atraer a un turismo ávido de violencia medieval? ¿Que sea legal porque los cargos electos que podrían abolirlo, lejos de prohibirlo lo alimentan con folletos, billetes, selfies y alguna que otra declaración de “nosecuántos” cultural? ¿Que se siga autorizando porque tantas personas…? ¿decentes?, ¿modernas?, ¿sensibles?, ¿empáticas?, ¿valientes?, ¿callan y miran hacia otro lado?

Lo es, es legal, no hay desvaríos en las últimas palabras. Aquel que cambia de coche un lunes podrá ensañarse con un toro el martes y darse una vuelta por el parque el miércoles, todo ello con idéntica libertad.

No puede haber razones de estado para el crimen perpetrado desde el poder, ni ese poder consentir, ¿consentir, digo?, ¡incentivar!, que el pueblo lo cometa en nombre de una tradición. Ni en el de nada. No pueden ciento y pico hombres, aplaudidos por diez mil, salir de sus casas la mañana de un martes de septiembre con una lanza en sus manos, y como si de una máquina del tiempo que retrotrajese a la edad media se tratase, perseguir, acorralar y alancear a un desdichado toro hasta que se tambalee, hasta que sus patas se doblen por el peso cortante y colosal del miedo y del dolor, hasta que agache la testuz, hasta la última de gota de sus hemorragias, hasta la última bocanada de sus vómitos y hasta la última convulsión de sus estertores. Hasta que muera, tarde las lanzas que tarde en hacerlo, y cueste las punzadas que cueste de destornillador en su nuca. No tendrían que poder, pero pueden, y llenan de la sangre de su víctima sus miradas, sus manos y la tierra, como en una mala película gore de serie B. Y por eso, porque les dejan, lo repiten cada año durante sus Fiestas Mayores en honor a la Virgen de la Peña.

En la España de 2014 habita un estremecedor puñado de ciudadanos que defiende el encarnizamiento extremo con un toro, que proclama su tortura y su asesinato como un espectáculo público a proteger y subvencionar. Es así porque siempre ha habido y habrá mujeres y hombres yermos de compasión y fértiles de crueldad, pero lo que no puede existir, bajo ningún concepto, es ni una sola ley o excepción legal que lo autorice. Ni una sola, pero la hay. Está publicada con rango de Decreto en el Boletín Oficial de Castilla y León.

Y por eso hoy nosotros tenemos razones suficientes, las más poderosas, para no separarnos por colores ni siglas. Hoy debería dar igual nuestro sexo, raza, saldo, equipo de fútbol o religión. Hoy hemos de ser una sola voz, atronadora e imparable, exigiéndoles, ¡exigiéndonos!, la abolición inmediata del toro de la vega.

Porque la sonrisa ante el sufrimiento ajeno es síntoma de psicopatía o una gran canallada, pero jamás diversión.

Porque si hay tortura no puede ser negocio sino delito. Siempre.

Porque hay niños en Tordesillas que desean alcanzar la edad de poder ser lanceros y no, no pueden ser instruidos en las aulas del sadismo. O acabarán por aprenderlo. Los que se pasan por el forro de su saña la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, son los mismos que se pasan por la funda de su infamia la Declaración de los Derechos de la Infancia firmada en la ONU también por una España con Tordesillas dentro.

Porque en la página del Patronato del Toro de la Vega, esa en la que se puede leer en el Capítulo III de sus Ordenanzas titulado “Los derechos del toro”, que “nadie ose tratar mal al toro, ni vivo ni muerto, ni de palabra ni de obra”, nos describen a sus detractores como “cuatro desarrapados que portan pancartas y gritan entre porro y porro porque no tienen nada mejor que hacer”.

Y porque Elegido, el toro de la vega 2014, todavía está vivo. Porque sabemos cuándo, dónde y quiénes lo quieren matar. Y porque no luchar hasta la afonía y la extenuación por evitarlo es blandir una lanza y clavarla en su cuerpo. La cobardía, el desprecio y la indiferencia son tan capaces de sostenerse sobre el filo del acero como el sadismo.

Mira tu mano, mira tu corazón, mira tu mente, mira hacia ese suelo que una víctima inocente teñirá de rojo con su sangre. Mira finalmente a tus ojos y decide si el 16 de septiembre estarás en la vega de Tordesillas asesinando a Elegido, o decide si estás aquí, con los que vamos a empuñar en nuestras manos armas que no matan, pero armas que juramos no soltar, para que el 17 de septiembre Elegido siga vivo. Y para que ningún martes más de ningún septiembre, otro toro vuelva a cruzar el puente medieval sobre el Río Duero para encontrarse con sus ejecutores.

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